Yo, bueno, yo trataba de sacar algo en limpio”
domingo, 16 de mayo de 2010
¡Independencia!
"Como todos los domingos, nos sentamos alrededor de la mesa de Bernardo (heredada de su padre Ambrosio). Traté de hablarles de los contingentes problemas de la sociedad, pero cada uno estaba en lo suyo: Diego hacía garabatos en un papel, José Miguel galopaba en su corcel, Bernardo hablaba por Messenger y Balmaceda estaba en una tremenda depresión (“Me voy a matar”, decía). A Manuel nunca lo pudimos ubicar, porque siempre se cambiaba de ropa; Salvador no veía nada, y menos con esos lentes y Augusto pasaba en el hospital por “gripe”.
Yo, bueno, yo trataba de sacar algo en limpio”
Yo, bueno, yo trataba de sacar algo en limpio”
martes, 11 de mayo de 2010
"Corazón Acribillado"
“Les voy a contar mi historia, de mi letra les digo, mi corazón a sido acribillado, destrozado y herido. Desde los inicios de mi vida no ha habido coartadas, trato de aguantar el ayer y resistir el mañana. Se escucho el grito a lo lejos, un ángel del cielo cayó; se sintió una deslace, y una triste lágrima rodó. Se sintió hasta en el alma, (mi mente titubeo), se rompió el ideal, y dentro de mí, el miedo creció. Creí ver estrellas soñando un reír natural; se opacaron los ojos, infectos estos de un mundo banal. El antaño no regresa, el ideal se murió, los sueños cayeron, alguien lloró; lloró entre las sombras, tomándose el rostro, viendo partir la vida cambiada por un “otro”. No hay moral en mi círculo, la verdad oculta por sábanas, pero los pocos “saltan” por una sociedad sin título, pero a la vez pelean, no por manifiestos ni escritos, creyeron en sí mismos, y al diablo el tiempo y el destino. Una realidad distorsionada, con amigos inseparables, amores peligrosos y conflictos graves.
Cabalgue con aplomo tras las metas infinitas. Apuro raudo el galope, dejando atrás la historia y sin anunciar partida. Recuerdo con destreza aquella escena maldita: dos tipos se me acercan, con paso firme y vista fija. Me saludaron con voz potente, respondiendo con silencio; preguntaron por la hora, lo que para mi, era lo de menos. Olvido desde aquí, aquel momento: una pistola escarlata, lluvia y huellas. Es difuso. Lo recuerdo con esfuerzo.
Tomamos raudos las armas, tense el arco, distraído. Los jóvenes gritaron y los viejos huían. En la cima (la más alta), una manada rival se nos abalanzaba: con caballo, lanzas, espadas; a tierra y a distancia. ¡Una horda a mansalva!
Entramos directo a la guerra. Estallaron espadas, el fuego vivía, y la sangre nos bendecía. Desde lejos, disparaba a cualquier enemigo que se cruzará. La técnica: tensar, apuntar, disparar. Eran como dianas con espadas. No reía, pues no era diversión. Solo defendíamos nuestro pueblo. ¡Era nuestra profesión! Aquellos vándalos solo nos miraban con desprecio.
Dolor: algo hirió mi brazo. Una flecha en veneno untada. Di algunos pasos, pero no entraba en sí. El umbral de mis ojos se encadenaba. Al sopor intenso fui.
Un cuchicheo a lo lejos me intrigaba. Deseaba que mis sueños esa conversación mostraran. A fin de cuentas, el médico me llamo. Me acerqué junto a él y su palma cayó en mi hombro. “Estás bien. Ándate a casa”, fueron sus palabras. ¡Vaya! ¡Pensé que otro futuro me deparaba!
Poco antes de salir, divise un gran portón que me esperaba. A mi lado, una secretaria con auriculares cuchicheaba. “Su cuenta, señor, y con Dios vaya”. Junto a ella, una máquina infernal chirriaba. Impresora vieja y jamás aceitada.
Al fin, salí feliz. Parecía que en esta historia, por fin, ganaba…
Desperté cansado, tras una larga batalla. Mis fuerzas de a poco me abandonaban. El dolor de mi brazo todavía me acongojaba, y a lo lejos, mis captores platicaban, de seguro, alguna artimaña. Como ambos asintieron con la cabeza, al consenso había llegado. Se me acerco uno de ellos: “Llego la hora”.
Lo sabía: la muerte era mi condición. Ataron mis manos, y un frío recorrió mi espalda. No sabía si era miedo, o que el metal me helaba. Lo demás es cuento corto: un tronco, un hacha, un encapuchado. Todo muy bien conjugaba. Posaron mi cuello sobre la madera, pidiendo unas últimas palabras. “Otros lucharan por mi patria”. “Buena travesía”, me dijo el verdugo con extraña cortesía. El hacha bajo sin zumbar, y un ruido sordo mi fuego logró apagar.
“Es extraño. Soñé con unos cuartos blancos, pistolas a fuego, el tiempo encerrado en una muñeca. Muchachos de bata, instrumentos moldeados en plata, dardos que un líquido incoloro ostentaban. Debía pagar algo que no recordaba. Una máquina infernal chirriaba…”
Ante la lluvia, mi cabeza cortaron. El pueblo se fue y los verdugos bostezaron. “Otro patriota muerto en este largo año”…
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